sábado

a Roberto Bolaño

Soñé un invierno infinito. La gente empezaba a aburrirse de mirar la tele.

Soñé que Mariela no podía mirarme a los ojos.

Soñé que un hombre y una mujer se enamoraban desesperadamente de mí, siendo ellos una pareja estable. Los convencía de tener relaciones sadomasoquistas los tres juntos y les regalaba mi lluvia dorada. Ellos la recibían como devotos evangélicos que asisten a un exorcismo. Ambos eran policías.

Soñé que una libélula se posaba en mi hombro y yo no sentía nada de miedo. Ella me decía “no corre prisa, ammari” y “no pasa naranjú, hermano”, ambas frases al mismo tiempo, y yo las entendía sin la menor dificultad. Me mordía suavemente el cuello y se iba.

Soñé que un presidente se paraba en la plaza central, decía “perdón” y se quemaba, triste y con mucha paz.

Soñé que Sergio me pedía un cigarrillo. Yo me sacaba un zapato y vomitaba adentro sin parar. El zapato nunca se llenaba. Sergio no me sostenía el pelo.

Soñé que las Islas Caimán eran la espalda de un caimán gigante. El caimán se despertaba después de muchísimo tiempo y se rascaba toda la guita sucia que tenía encima.

Soñé que Mariela no podía mirarme y tenía ganas de hablarme pero tampoco podía.

Soñé que estaba de vuelta en la escuela siendo un niño de tercer grado. En el recreo había un nene y una nena haciendo el 69 con el delantal puesto. Al lado, varios chicos jugaban a la tapadita con figuritas de Digimon. Un nene coreano cantaba descalzo. Yo conversaba con una amiga sobre una pintura y no sentía vergüenza de rascarme el culo pero no lo hacía porque no me picaba.

Soñé que Noelia paraba el tránsito en avenida Corrientes para contar un chiste espléndido. El chiste era tan bueno que nadie se reía: la gente dejaba de mirar vidrieras y de comprar libros, otros se bajaban de los autos, y todos juntos la aplaudían cada vez más fuerte con una expresión muy seria y comprometida. A ella le agarraba un ataque de ansiedad, robaba un auto, iba hasta el bajo y se suicidaba en el río.

Soñé que tenía un tercer ojo pero estaba bizco.

Soñé que llegaba a una ciudad donde las personas no usaban dinero y no charlaban. En los locales, la gente pagaba recitando pasajes de poemas o cantando canciones. Los más pobres repetían incansablemente “to”.

Soñé que tenía un perro más bueno que Lassie y más malo que Maradona.

Soñé que todos los integrantes de bandas tributo a Led Zeppelin eran perdonados por cien años.

Soñé un sueño compartido con todos los habitantes la ciudad: había un viento tan fuerte que la gente prefería despertarse transpirada a las tres y media de la mañana, siendo que tenían que levantarse a las seis para ir a trabajar. Yo paseaba por las calles y me encontraba con mis amigos, los de todos los tiempos. Todos nos desnudábamos y armábamos con nuestra ropa una precaria aladelta descomunal. Nos agarrábamos de un borde y planeábamos por la ciudad. Entre las risas y el vértigo, cantábamos una canción anónima.

Soñé que viajaba en el 39. Antes de llegar al centro se subía una chica más alta que yo, con más años y con un pelo castaño claro lacio muy largo y un flequillo muy corto. Sacaba seis veinticinco y me miraba al mismo tiempo que yo me daba cuenta que la estaba mirando. Venía directamente hacia mí. Me despertaba antes de que llegara. Pucha, che.

Soñé que Mariela no podía mirarme porque, si lo hacía, se iba convirtiendo poco a poco en sal de mesa y yo, en carnicero. La besaba justo debajo de las orejas y me iba.

Soñé que Freud revivía. Escribía un tango y volvía a morir.

Soñé con la conocida historia de San Agustín, patrono de los que buscan a Dios (y de los cerveceros, grabadores y teólogos), en su viaje místico y accidental con los indios Onas al cerro Uritorco. Sueño pedorro con final abrupto y más pedorro. Me desperté escuchando el cuarteto que ponen a todo volumen los del kiosco de abajo a las ocho de la mañana.

Soñé que había un dictador mundial. Su primer mandato era suprimir los números pares. Se suicidaba el 87% de la población obsesivo-compulsiva.

Soñé con una sociedad futurista en la que ya no quedaban abuelas que supieran tejer, ni crochet ni dos agujas. En cambio, muchas sabían tocar algún instrumento musical y la mayoría era campeona de Pump.

Soñé que descubría que la lluvia era el pis sagrado de todos los perros que efectivamente fueron al cielo.

Soñé que todas mis alumnas de chelo de Soldati se ponían de acuerdo para tocar un tema de System of a Down. Lo tocaban mejor que nadie y yo lloraba de la emoción.

Soñé que yo era Mariela y elegía no mirarme. Ese día me desperté y la perdoné.

Soñé que todos llegaban tarde a mi funeral y mi cadáver sonreía.