domingo

algo sin importancia

La cobarde se acurrucó entre las mantas de los perros. Se pasó horas así. Les contó todos sus pesares a los cachorritos mientras los abrazaba y acariciaba. La madre de éstos, apiadándose de la pobrecita, la alimentó con su propia leche. Después de un rato, un poco más compuesta, se fue al almacén. Compró todas las galletitas de la góndola. Sólo para disimular, se llevó hasta los estantes y volvió a su casa.
El chino, tan feliz de haber obtenido una importantísima cantidad de dinero por parte de esta señorita que, al parecer, estaba sufriendo una tremenda alteración emocional, se fue para el fondo del local, absolutamente rígido.
La esposa, muy preocupada, echó amablemente a todas las personas que estaban comprando, regalándole a cada una los productos que habían agarrado hasta entonces, y se dirigió muy temerosa y lentamente hacia donde había ido su marido. Antes de llegar frente a la puerta, ésta estalló en miles de millones de pedacitos por el terrible golpe que el chino le había propinado con su katana. La mujer se excitó tanto al verlo aparecer con su armadura samurai (ya que en realidad no era chino, sino japonés), que se lanzó sobre él, haciéndolo caer de espaldas al piso con ella encima. Cuando estaba a punto de comenzar a desnudarlo, el chino le dio tal puñetazo en el vientre, que la lanzó directamente al techo, en donde rebotó para terminar en los brazos de su esposo, quien ya estaba de pie para recibirla. Se sintió tan cómoda en él que casi se durmió al instante; pero estaba más enamorada que nunca de su guerrero, así que se quedó mirando sus ojos un largo rato (él nunca la miró), mientras la llevaba cargando por todas las calles del barrio. Tras varios minutos de mirada, decidió cerrar los ojos y apoyarse sobre el hombro del chino, disfrutando del dulce olor de su katana oxidada.
Emma, que todavía estaba en pijama, desayunaba muy tranquila. Su madre la mandó a comprar polenta. Ella salió y se fue para el almacén del chino. Los chicos de la esquina se rieron al verla pasar en pijama, y ella no entendió cómo les podía causar gracia su nuevo y hermoso corte de pelo. Cuando llegó al almacén vio que estaba cerrado, con la persiana baja y candados, pero entró igual, de una forma tan irrealmente fantástica que ninguno de los peatones pudo advertir. Todas las luces estaban apagadas y faltaba la góndola entera de las galletitas. Para justificar esto se le ocurrió una historia muy graciosa sobre una chica deprimida que se había comprado toda la mercancía faltante, algo de una espada vieja y al chino llevando a upa a la china. Se cayó al piso sumergida en su propia carcajada (producto de la estrafalaria situación que acababa de imaginar), que fue tan larga y potente que hizo que se le caigan todas las bolsas de azúcar, una por una, en la cabeza. Se comió uno de los paquetes, agarró la polenta y se dirigió a la caja. Se paró del lado donde estaría la china y dijo ‘’dos con ochenta’’, intentando igualar el acento de la cajera habitual, en un tono que sonó italiano. Sonrió y se felicitó a sí misma por la fiel imitación acababa de realizar, puso diez pesos en la caja, se dio su propio vuelto y se fue a su casa. Dejó la polenta y se fue a la casa de su novio, todavía en pijamas.
Se fueron juntos al parque Avellaneda, donde se pasaron toda la mañana haciendo batallas con sus barriletes. Se besaron varias veces, pero en ningún momento se dirigieron la palabra. Ese día no le importó tener que ir a la escuela.

sábado

bailarina


Danza al compás del silencio,
no se detiene ni por puta,
baila y baila sin detenerse,
tierra y cielo se disputan
mientras ella espera nunca
quién la lleva al paraíso,
mas no saben que en el piso
más que un ave ella vuela.

Dios te salve, María,
llena bailas de gracia,
y aunque muchos te envidien
graciarás toda la vida,
sin sufrirte la fatiga
de volcarte maquillaje
por esos hermosos pasajes
de tu rostro de divina,
celestial y femenina
de tu lado más amable.

Dios te salve y te guíe
y te vigile por las dudas
pero que no se entrometa
en tu elegante camino,
él no escribió tu destino
y lo hará menos ahora,
ahora que estoy yo contigo,
princesita de amapola,
flor hermosa de mi tierra,
flor de eterna primavera.
Basta ya de tus prejuicios,
no eres flor para la hoguera.

Baila, baila, baila y baila,
no te detengas jamás, nunca.
En la sombra se descubre
de tu cuerpo, el deseo;
del deseo, el anhelo
de danzar hasta la muerte,
sabe ella, no te lleve;
danzarás toda la vida.
No te olvides, tú, mi niña,
más que eso y más tú puedes.
No lo olvides, para siempre
danzas tú en el alma mía.